En este chiste ficticio, un soldado tiene una explicación bastante peculiar para abandonar su camuflaje. Durante un entrenamiento en Luisiana se ha disfrazado de tronco. Un movimiento repentino lo delata ante un general, que lo reprende por revelar su posición.

El soldado explica que ya había soportado mucho sin moverse. Unas palomas lo habían usado como blanco, y un perro había confundido el disfraz con un lugar apropiado para hacer sus necesidades. Aun así, había conservado la disciplina.

El problema llegó cuando dos ardillas subieron por sus pantalones. En el remate absurdo del chiste, una propuso comerse una en ese momento y guardar la otra para el invierno.

Ahí terminó su paciencia. El disfraz había engañado a los animales tan bien que el soldado prefirió descubrirse antes que averiguar qué iban a intentar aquellas ardillas.