Después de tres días de pesca en Lucky Peak, el protagonista de este relato de ficción vuelve a casa y encuentra cajas, ropa y herramientas junto a un contenedor. Entre los objetos está su fotografía de boda con Martha, su esposa fallecida. La llave ya no abre la puerta.

Su hijo Floyd y su nuera Pamela llegan después. Ella le dice que ya no necesitan sus pagos de la hipoteca y que debe irse. Floyd evita mirarlo. El hombre pasa la noche en un motel y, a la mañana siguiente, consulta a un abogado, quien revisa los documentos y confirma que la vivienda pertenece únicamente a él.

Decide ponerla en venta con ayuda de Sandra, una agente inmobiliaria, y viaja a Cancún para tomar distancia. Cuando vuelve a encender su teléfono, encuentra mensajes de Floyd y Pamela: han descubierto que hay visitas de compradores y quieren hablar. Él prefiere seguir las novedades de la venta.

Tres semanas después regresa a Boise. Escucha las disculpas de su hijo y su nuera, pero mantiene su decisión. La casa se vende a David y Jennifer, una pareja que desea criar allí a sus hijos y cuidar el jardín.

Antes de marcharse, guarda la fotografía de Martha y desecha el marco roto. Dona lo que no necesita, carga su camioneta y conduce hacia Coeur d’Alene. No recupera de inmediato la confianza familiar, pero deja atrás un lugar donde se sentía aceptado únicamente mientras aportaba dinero. La venta pertenece al desarrollo ficticio y no pretende explicar un procedimiento inmobiliario.