En este relato de ficción, un hombre se jubila a los sesenta y cuatro años y descubre que sus días se han vuelto demasiado silenciosos. No tiene familiares cercanos ni hijos que lo visiten. Para salir de esa soledad empieza a acudir a una cafetería del vecindario.

Una mesera recuerda su pedido, le pregunta cómo está y conversa con él sin prisa. Con el tiempo, esos encuentros se convierten en la parte más esperada de su rutina. Llega a sentir por ella el afecto que habría tenido hacia una hija.

Cuando la joven deja de trabajar, él se preocupa y logra visitarla. Descubre que está gravemente enferma y recibe tratamiento. Desde entonces comienza a llevarle alimentos, ayudarla con pendientes y hacerle compañía. El cuento no identifica la enfermedad ni promete una recuperación. Su desenlace muestra cómo una atención cotidiana puede transformarse en un vínculo de apoyo mutuo.