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Cada escalón pesa un poco menos que el que subiste antes

Estilo de vida · 2026-09-08
Cada escalón pesa un poco menos que el que subiste antes

La escalera larga del barrio tiene ciento veinte peldaños y una comunidad entera que la sube por costumbre.

En muchos barrios construidos sobre lomas hay una escalera pública larguísima que conecta dos calles. Ciento veinte escalones, un pasamanos oxidado y un descanso a mitad de camino donde todos, sin excepción, se detienen a mirar hacia abajo aunque digan que no están cansados.

Esa escalera funciona como una plaza vertical. A las siete de la mañana la suben los que van al trabajo; a media mañana, los que vuelven del mercado con bolsas; a la tarde, los chicos que salen del colegio. La gente se cruza siempre en el mismo lugar y se saluda por costumbre.

Quienes la usan a diario cuentan siempre lo mismo sobre las primeras semanas: que había que parar dos veces, después una, y que un día se dieron cuenta de que habían llegado arriba sin frenar. Nadie recuerda el día exacto en que eso pasó, y ese es justamente el punto.

Lo que hace funcionar a esa escalera no es la escalera. Es que está en el camino. No hay que decidir usarla, no hay horario ni inscripción, y no compite con nada. Los hábitos que se sostienen suelen ser los que están puestos encima de un recorrido que uno ya hacía igual.

Los vecinos que la conocen bien tienen un pequeño repertorio de trucos. Contar de a diez en vez de mirar el total. Elegir un punto fijo a media altura y ver solo hasta ahí. Y una regla compartida: si vas conversando, subes sin darte cuenta; si vas mirando la punta, se hace eterna.

El descanso del medio cumple una función social además de práctica. Ahí se producen las conversaciones cortas del barrio, se comentan las obras, se pregunta por alguien que no se vio en unos días. Una escalera pública termina siendo un lugar de encuentro por pura geometría.

Estas escaleras también muestran quién queda afuera. Personas mayores, quienes empujan un carrito o quienes tienen dificultades para caminar dan la vuelta larga por la calle. Los barrios que mejoran esos accesos suelen notar el cambio rápido, porque aparece gente que antes no circulaba por ahí.

Los vecinos suelen pelear por mejoras concretas y bastante baratas. Un pasamanos firme de los dos lados, luz en los descansos, escalones pintados en el borde para que se vean de noche. Cuando esas tres cosas están resueltas, la escalera pasa de ser un obstáculo a ser un atajo, y la usa mucha más gente de la que la usaba antes.

El escalón ciento veinte sigue estando a la misma altura que el primer día. Lo que cambia con las semanas es quién lo sube, y esa es una diferencia que no se ve en ninguna foto.

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