Mira una revista de hace ochenta años y algo no encaja. Las cejas son finísimas, el peinado ocupa un volumen enorme, los labios están dibujados más pequeños que la boca real. Nada de eso resulta feo, pero se percibe claramente como de otro tiempo. Entonces surge la pregunta obvia: ¿qué se verá igual de raro dentro de ochenta años?
Las modas de belleza se mueven en ciclos bastante amplios. Las cejas pasaron de finas a pobladas y otra vez hacia el medio en el lapso de tres generaciones. El bronceado fue signo de trabajo al aire libre, después de vacaciones y luego volvió a mirarse con distancia. Nada de eso siguió una línea recta.
Lo interesante es que en cada época la moda vigente se siente natural. Nadie piensa que está siguiendo una tendencia: piensa que así se ve bien una persona arreglada. Solo el paso del tiempo revela que era una convención, tan cambiante como el largo de los pantalones.
La tecnología también empuja. Las fotos en blanco y negro pedían maquillaje muy marcado para que los rasgos se vieran; el cine en color obligó a cambiar todo. Hoy las pantallas de teléfono, las cámaras frontales y la iluminación de anillo influyen en qué se considera un rostro fotogénico, aunque casi nadie lo piense de manera consciente.
Hay un ejercicio revelador: mirar fotos familiares por décadas. Ahí se ve el cambio sin intermediarios. La misma familia, la misma casa, y cada diez años otro corte de pelo, otro tipo de anteojos, otra manera de pararse frente a la cámara. Nadie decidió eso individualmente y sin embargo todos lo siguieron.
Saber que la moda gira tiene una consecuencia práctica bastante liberadora. Las decisiones estéticas difíciles de revertir se vuelven más riesgosas que las reversibles. Un corte de pelo crece; un cambio permanente sigue ahí cuando la tendencia haya girado dos veces más.
También ayuda a mirar con más calma las fotos propias de hace diez años. Ese peinado que hoy da vergüenza no era un error personal: era simplemente lo que se usaba, y todos alrededor hacían lo mismo. El ridículo compartido es mucho más llevadero.
Lo que sí parece atravesar todas las épocas es otra cosa: las caras que expresan algo se recuerdan mejor que las perfectas. En cualquier álbum, las fotos que la gente vuelve a mirar son las de alguien riéndose de verdad, sin importar cómo estaban las cejas ese año.






