La cocina de vidrio tiene una particularidad cruel: apagada y fría parece limpia, y en cuanto se enciende la luz de la campana aparecen todas las marcas. Anillos blanquecinos, salpicaduras que se cocinaron, una franja opaca en el centro y ese punto quemado que ya lleva meses ahí.
El primer principio es el más importante y el más ignorado: nunca frotar en seco. El azúcar caramelizado, la sal y los restos duros actúan como lija sobre el vidrio, y cada pasada agresiva deja microrayas que después atrapan más suciedad. Los rayones no se ven de frente, se ven de costado y con luz.
El orden correcto empieza con la superficie apenas tibia, nunca caliente. Se retira lo suelto con una espátula plástica o el canto de una tarjeta rígida, siempre en ángulo bajo y empujando, no raspando en círculos. Eso ya elimina la mitad del trabajo.
Después va la parte húmeda. Se rocía la superficie con agua tibia, se espolvorea bicarbonato encima y se cubre con un paño mojado bien escurrido. Se deja actuar de diez a quince minutos. La costra dura se ablanda sola y deja de necesitar fuerza para salir.
Recién ahí se limpia. Con el mismo paño, en movimientos amplios y siempre en la misma dirección, no en círculos. El bicarbonato es apenas abrasivo y trabaja mejor con humedad, así que si el paño se seca conviene volver a mojarlo antes de seguir insistiendo.
Para las marcas blanquecinas que quedan después, que suelen ser depósitos de agua dura, funciona bien un paño con vinagre blanco. Se pasa, se deja un minuto y se retira con agua limpia. Ese paso es el que devuelve el brillo parejo, y es el que casi todo el mundo se saltea.
El secado final define el resultado. Un paño de microfibra seco, doblado en cuatro, pasado en línea recta, elimina el velo que deja el agua al evaporarse. Si la cocina queda húmeda al aire, las manchas de mineral vuelven a aparecer en cuanto se seca sola.
Hay tres cosas que conviene no usar nunca sobre esta superficie: esponjas de acero, polvos abrasivos comunes y limpiadores en aerosol para hornos. Los dos primeros rayan sin remedio y el tercero puede manchar el vidrio de manera permanente si se calienta con producto encima.
Dos costumbres evitan casi todo esto. Limpiar la salpicadura mientras la superficie todavía está tibia, con un paño húmedo y sin producto, y no arrastrar ollas de hierro o de barro sobre el vidrio. Treinta segundos después de cocinar ahorran los veinte minutos del sábado.






