La taza de todos los días termina con una sombra marrón en el fondo que ya no se va. Se lava, se enjuaga, se vuelve a lavar, y ahí sigue. No es suciedad pegada: es una película fina que el café y el té van dejando sobre la cerámica, capa sobre capa, taza tras taza.
El error más común es atacarla con esponja de metal. Funciona a medias y arruina el esmalte, así que la próxima mancha se agarra todavía mejor. Lo mismo pasa con los polvos abrasivos fuertes en cerámica esmaltada: sacan el problema de hoy y garantizan el de dentro de un mes.
El método más simple usa bicarbonato. Se pone una cucharadita en la taza seca, se agrega un chorrito de agua hasta formar una pasta espesa y se frota con el dedo o con un paño suave haciendo círculos. En treinta segundos la sombra empieza a levantarse. Después se enjuaga bien y listo.
Para manchas viejas, conviene dejar actuar en vez de insistir con el brazo. Media taza de agua caliente, una cucharada de bicarbonato, y a esperar veinte minutos. También funciona una tableta efervescente de las que limpian dentaduras: se disuelve en agua caliente dentro de la taza y hace el trabajo sola mientras uno se ocupa de otra cosa.
En el caso de las jarras de vidrio de la cafetera, el vinagre blanco es el aliado. Se llena hasta la mitad con partes iguales de vinagre y agua caliente, se deja reposar y se enjuaga muy bien. El olor se va rápido si se lava después con jabón común y se deja secar boca abajo.
Los termos son otra historia, porque el interior de acero no se puede tallar sin rayarlo. Ahí sirve el truco viejo: agua caliente, bicarbonato y un puñado de arroz crudo. Se tapa, se agita treinta segundos y el arroz raspa suavemente donde la mano no llega. Después conviene dejarlo abierto hasta que seque del todo.
Prevenir es más fácil que corregir. Enjuagar la taza con agua apenas se termina el café evita que la mancha se fije. Y no dejarla con restos toda la noche sobre el escritorio cambia bastante el resultado a fin de mes. Suena obvio, pero es exactamente lo que nadie hace.
Hay algo satisfactorio en recuperar una taza que ya se daba por perdida, sobre todo si es esa que alguien trajo de viaje o que acompaña cada mañana. Cinco minutos, ingredientes que cuestan monedas, y vuelve a verse como el primer día. No arregla la semana, pero ayuda.






