Un vuelo cancelado que te hizo conocer a alguien. Una materia elegida porque el horario coincidía. Un departamento alquilado porque era el único disponible esa semana. Si haces la lista de los momentos que más marcaron tu vida, una cantidad incómoda de ellos empezó por casualidad.
Cuesta admitirlo porque contamos nuestra historia hacia atrás, y hacia atrás todo parece una decisión. Construimos una línea lógica donde en realidad hubo tanteo, suerte y coincidencia. Esa narración ordenada es útil para explicarse, pero también genera una expectativa injusta sobre cuánto controlamos.
El problema práctico aparece cuando la expectativa se vuelve exigencia. Si uno cree que todo resultado depende de la propia planificación, cada cosa que sale mal se convierte en una falla personal. Y hay muchísimas variables que nadie maneja: el momento del mercado, la salud de un familiar, quién estaba del otro lado del teléfono.
Aceptar el azar no significa dejar de esforzarse. Significa distinguir entre lo que se controla y lo que no, que es un ejercicio bastante concreto. Uno controla la preparación, la constancia, con quién se rodea y cómo responde. No controla el resultado, el momento ni la reacción de los demás.
Hay una manera simple de aplicarlo. Frente a una situación que te preocupa, haz dos columnas. En una, lo que depende de vos. En la otra, lo que no. La mayoría de las veces la segunda columna es más larga, y verlo escrito produce un efecto de alivio que la reflexión mental sola no logra.
También ayuda ampliar la definición de un buen intento. Si el criterio de éxito es únicamente el resultado, casi todo se siente como fracaso, porque el resultado depende de factores ajenos. Si el criterio incluye haberlo hecho bien, haber aprendido algo y no haberse traicionado, la evaluación cambia por completo.
Del lado positivo, reconocer el papel del azar hace más fácil agradecer. Mucho de lo bueno que uno tiene llegó por una coincidencia: un vecino que avisó de un trabajo, un amigo que insistió con una salida, una decisión tomada de apuro que salió bien. Nombrar eso en voz alta cambia el ánimo más que cualquier consigna.
Al final se trata de un equilibrio bastante viejo y bastante sensato: hacer la parte que te toca con seriedad y soltar el resto sin dramatismo. La energía que se gasta intentando controlar lo incontrolable es enorme, y casi siempre rinde más puesta en la columna corta de la lista.






