Todas las casas tienen ese cajón. El de los cables sin dueño, las llaves de puertas que ya no existen, las pilas de dudosa carga y los tornillos sueltos. Vaciarlo un domingo es garantía de encontrar al menos un objeto que nadie puede identificar. En este caso fue una pieza metálica del tamaño de un encendedor, con una ruedita dentada en un extremo.
Después de pasarlo de mano en mano, alguien lo reconoció: era un afilador de cuchillos de bolsillo, de esos que se apoyaban en la mesada y se pasaba la hoja por la ranura. Los hubo por millones, se vendían en ferreterías y mercados, y desaparecieron cuando llegaron los modelos con mango grande y los de cerámica.
Estos objetos son un excelente ejercicio de lectura. Un mecanismo se puede descifrar mirándolo con calma: dónde tiene desgaste, qué parte se mueve, qué forma tiene el hueco donde algo encajaba. La ruedita dentada de este afilador tenía las marcas del filo de decenas de cuchillos, y esa pista bastaba para resolverlo.
Hay una lista bastante repetida de objetos que confunden. El abrelatas de gancho que se enganchaba en el borde y avanzaba a tirones. El pelador de manzanas con manivela que se atornillaba a la mesa. La prensa para hacer bolitas de masa. El aparatito para sacar corchos que parece dos varillas paralelas. Todos fueron cotidianos.
Cuando aparece uno de estos, hay tres pasos que suelen resolver el misterio. Primero, buscar marcas o números grabados, que muchas veces traen el nombre del fabricante. Segundo, mirar el material: el plástico duro y frágil, el aluminio o la baquelita ubican la época bastante bien. Tercero, preguntar en casa, que suele ser lo más rápido de todo.
Vale la pena decidir qué se hace con ellos. Muchos siguen funcionando perfectamente y son mejores que su reemplazo moderno, sobre todo los de metal macizo. Otros no tienen uso real y su valor es sentimental. Y varios pueden ir a una casa de antigüedades o a un puesto de usados, donde encuentran a alguien que sí los buscaba.
El propio cajón merece una reflexión. Se llena porque guardamos cosas por si acaso, sin saber si el acaso llegará. Un criterio sencillo: si no sabes qué es y nadie en la casa lo sabe, es muy poco probable que lo necesites. Excepto, claro, las llaves, que siempre aparecen justo después de cambiar la cerradura.
Ese afilador terminó en la cocina, limpio y funcionando. Los cuchillos de la casa están mejor que en años, y el cajón quedó ordenado durante casi tres semanas, que es aproximadamente lo que dura cualquier cajón de cachivaches después de ordenarlo.






