A las cinco de la mañana, cuando el parque todavía está cerrado al público y la niebla no se levantó, la camioneta ya salió. Adentro van termos, cuadernos, una radio y un par de personas que van a caminar durante horas por senderos donde no hay nadie más.
El horario no es capricho. Buena parte de la fauna se mueve al amanecer y al atardecer, y en las horas centrales busca sombra y se queda quieta. Quien quiera registrar qué animales hay, cuántos son y por dónde pasan tiene que estar ahí en el momento en que ellos se mueven, no en el que a nosotros nos conviene.
Gran parte del trabajo es contar y anotar. Huellas en el barro junto al agua, restos de alimentación, marcas en la corteza de los árboles, sonidos identificados a distancia. Se anota la hora, el lugar y la condición del terreno. Ese registro acumulado durante años es lo que permite saber si una población crece, se mantiene o se está yendo del área.
Otra parte es infraestructura, mucho menos vistosa. Revisar carteles caídos, despejar un sendero bloqueado por una rama, comprobar que los cierres de los senderos peligrosos sigan firmes, controlar que no hayan encendido fuego donde no corresponde. Trabajo físico, repetitivo y esencial.
Después está el contacto con la gente, que ocupa más tiempo del que uno imagina. Explicar por qué no se alimenta a los animales, por qué la basura se lleva de vuelta, por qué hay que quedarse en el sendero marcado. La mayoría de los visitantes no actúa por mala intención, sino porque nadie le explicó nunca las consecuencias.
Y hay una parte que casi nunca se cuenta: la paciencia. Se puede recorrer un área durante semanas sin ver al animal que se está monitoreando. El trabajo consiste en registrar la ausencia con el mismo cuidado con el que se registra la presencia, porque ambos datos importan.
Para quien visita un parque, hay maneras concretas de ayudar. Ir temprano y en silencio. Llevarse toda la basura, incluidas las cáscaras, que tardan más de lo que la gente supone en desaparecer. No alimentar a ningún animal, ni siquiera a los que se acercan solos. Y avisar en la entrada si se vio algo raro.
El resultado de todo ese trabajo es invisible por definición: un parque que sigue pareciéndose a sí mismo veinte años después. Nadie aplaude eso, y sin embargo es exactamente lo que hace que valga la pena entrar.






