En el cajón de abajo de la cómoda había una lata de galletas llena de fotos. Ochenta y tantas, en blanco y negro y en color, sin nombres atrás, sin fechas y sin ningún orden. Nadie sabía quiénes eran la mitad de las personas que aparecían.
La abuela reconocía a algunas, pero se confundía con otras. Decía un nombre, dudaba, cambiaba de opinión. En una foto de una boda señaló a una mujer y dijo que era su prima, y diez minutos después dijo que no, que era una vecina que se parecía mucho.
Ahí empezó el proyecto. Una nieta llevó la lata a la mesa un domingo, con hojas de papel y un lápiz, y se pusieron a mirarlas de a una. La regla fue simple: nada de apuro y nada de descartar. Todo lo que la abuela dijera se anotaba, incluso las dudas.
Salieron cosas que nadie sabía. Que en la casa de la infancia había un patio con un limonero. Que un tío había trabajado tres años en otro país. Que la foto favorita de la abuela no era la de su boda sino una de un día común, con delantal, riéndose de algo fuera de cuadro.
Los que hacen este tipo de trabajo suelen dar los mismos consejos prácticos. Escribir los datos en una hoja aparte y no sobre la foto. Usar lápiz si hay que marcar el sobre. Guardar todo lejos de la humedad y del sol. Y grabar audio mientras la persona habla, porque el detalle suele estar en la digresión.
También conviene aceptar que quedarán huecos. En cualquier lata de fotos hay caras que nadie va a poder identificar nunca. Se anotan como desconocidos y se guardan igual; a veces un primo lejano, años después, reconoce a alguien de una sola mirada.
Lo más valioso del ejercicio no terminó siendo el archivo. Fueron las tres tardes de domingo escuchando a una mujer de ochenta y siete años contar su vida sin que nadie la apurara. La lata fue solo la excusa para hacer preguntas que nunca se habían hecho.
Hay un consejo técnico que conviene seguir si el proyecto avanza. Digitalizar. Un teléfono moderno alcanza para hacer copias decentes si se apoyan las fotos en una superficie plana, con luz pareja de una ventana y sin flash. Guardarlas en dos lugares distintos, con nombres que incluyan el año aproximado y los apellidos, evita que todo el trabajo dependa de una lata de galletas. El papel se moja, se quema y se pierde en una mudanza; el archivo, si está duplicado, sobrevive a casi todo.
Ahora las fotos están en cuatro sobres con etiquetas y una libreta con los nombres que se pudieron recuperar. La abuela sigue diciendo que se acuerda poco. La libreta, sin embargo, tiene cincuenta y dos páginas escritas por sus nietas mientras ella hablaba.






