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Lo que aprendí subiendo el mismo cerro todos los domingos

Estilo de vida · 2026-09-08
Lo que aprendí subiendo el mismo cerro todos los domingos

Es la misma subida, el mismo sendero y la misma vista desde arriba, y cada semana enseña algo distinto sobre el ritmo propio.

El cerro no es espectacular. Está a veinte minutos en auto, tiene un sendero de tierra bien marcado y se sube en poco más de una hora si uno no se apura. Arriba hay una antena, unas piedras planas donde la gente se sienta y una vista de la ciudad que a esa hora todavía está medio dormida.

Empecé a subirlo un domingo cualquiera y llevo ya bastantes meses. Lo primero que cambió no fue la condición física sino la noción del esfuerzo. Al principio miraba el reloj todo el tiempo y calculaba cuánto faltaba. Ahora casi no lo miro, y curiosamente llego más rápido que cuando estaba pendiente de cada minuto.

El sendero enseña una cosa útil sobre el ritmo. Los que salen disparados en los primeros doscientos metros son los que después se ven sentados en la mitad, recuperando el aire. Los que suben lento y sin parar llegan antes. Es una lección tan obvia que resulta ridícula, y aun así hay que aprenderla con las piernas y no leyéndola.

También cambia la relación con el clima. Subí con sol, con neblina, con viento fuerte y una vez con llovizna. El mismo camino se convierte en otro según el día, y eso convierte una rutina repetida en algo que nunca es exactamente igual. La repetición no aburre cuando el entorno se encarga de variar por ti.

Hay una parte social que no esperaba. En un sendero se repiten las mismas caras: la señora que sube con dos perros, el grupo que va conversando y siempre queda atrás, el hombre mayor que va solo y saluda a todo el mundo. Nadie sabe el nombre de nadie y hay una cordialidad tranquila que no exige nada.

Lo que más me sirvió fue lo que pasa después de bajar. Los domingos por la tarde solían ser un tiempo muerto y un poco ansioso, con la semana asomándose. Haber hecho algo físico temprano cambia el tono de todo el día. No resuelve nada de lo que viene el lunes, pero llega uno distinto a esperarlo.

Si quieres empezar algo así, el consejo más útil es elegir cerca y repetir. Un lugar a veinte minutos al que puedes ir mil veces funciona mucho mejor que un plan grande que harás dos veces al año. La constancia depende casi por completo de la distancia y de que no haya que organizar nada.

Sobre la vista de arriba, la verdad es que después de tantas subidas ya casi no la fotografío. Uno se sienta cinco minutos, toma agua, escucha el viento en la antena y baja. Lo que hace que valga la pena no es la vista ni la meta: es la costumbre de haber ido otra vez.

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