Cambiaste de casa cinco veces. En el camino se quedaron sillones, una mesa, dos heladeras y bolsas enteras de ropa. Y sin embargo, en la alacena de la cocina actual sigue estando esa taza con el borde rajado que ya ni usás para tomar, y que en cada mudanza alguien envolvió en papel de diario con cuidado.
Casi todas las casas tienen esa lista corta de sobrevivientes: una taza, un imán de heladera, una caja de lata, un llavero sin llave, un cuchillo con el mango arreglado. No son objetos valiosos ni útiles. Lo que tienen en común es que están asociados a una época o a una persona, y eso los vuelve difíciles de tirar.
El mecanismo es bastante claro: lo que guardamos no es el objeto sino el acceso al recuerdo. La taza es un atajo a una cocina que ya no existe, a alguien que la usaba, a una etapa de tu vida. Tirarla se siente como perder el atajo, aunque el recuerdo en realidad no viva ahí.
Curiosamente, los objetos que mejor cumplen esa función suelen ser los más comunes. Las cosas de valor se guardan aparte, se cuidan y se miran poco. Un imán de heladera, en cambio, estuvo a la vista todos los días durante ocho años, y por eso quedó pegado a mucha más vida cotidiana que cualquier objeto importante.
Vale la pena hacer las paces con esto. No hay ninguna obligación de reducir todo al mínimo: una caja chica con quince objetos sin utilidad práctica no es acumulación, es archivo personal. El problema no son esos quince objetos sino las cuatro cajas de cosas que nadie recuerda haber elegido.
Un ejercicio que ayuda cuando algo genera dudas: preguntarse si el objeto se usa, si se mira o si solo se guarda. Los que se usan se quedan. Los que se miran también, y merecen estar a la vista y no adentro de una caja en el altillo. Los que solo se guardan y no se miran hace años son los candidatos claros a irse.
Y para los que se van, hay una salida intermedia que funciona muy bien: sacarles una foto antes. Suena tonto y sin embargo resuelve muchísimos casos. Lo que la persona quería conservar era la imagen y la historia, no el objeto ocupando lugar.
Al final, esa taza rajada probablemente te sobreviva a vos en esa alacena. Y está bien. Cada casa necesita algunos objetos que no sirven para nada, salvo para recordarte de dónde venís cada vez que abrís la puerta del mueble.






