Estaba en el living, ocupaba media pared y nadie lo había elegido: había llegado de una herencia, de una mudanza o de una promoción de fin de temporada. Tapizado con flores enormes en tonos mostaza, o terciopelo marrón, o ese plástico que en verano se pegaba a la parte de atrás de las piernas.
Cada país tuvo su versión, pero el fenómeno fue el mismo. Sillones pesadísimos que se movían entre dos personas y que sobrevivían diez años sin una queja. La tela podía estar gastada en los apoyabrazos y aun así nadie pensaba en cambiarlo, porque todavía servía y eso zanjaba la discusión.
El diseño de esa época respondía a una lógica distinta. Los muebles se compraban para durar décadas, no para acompañar una tendencia. Estructura de madera maciza, resortes reales, relleno denso. Muchos de esos sillones que hoy nos parecen espantosos siguen firmes, mientras que otros comprados hace tres años ya se hundieron en el medio.
También cumplían funciones que nadie declaraba. Debajo de los almohadones vivían monedas, controles remotos, cartas de un mazo incompleto y migas de varias generaciones. El respaldo servía de fuerte para los chicos, la tela estampada disimulaba manchas y el apoyabrazos ancho era la mesa auxiliar de toda la familia.
Ahora esos muebles están volviendo, y no por ironía. Los estampados grandes, el terciopelo y las formas redondeadas aparecen de nuevo en las vidrieras a precios altísimos. Quien todavía guarde uno original en el garaje de una casa familiar tiene entre manos algo que el mercado está buscando.
Si te interesa rescatar uno, hay dos cosas que revisar antes de gastar. Primero la estructura: sentate y movete de lado a lado; si cruje mucho o se siente flojo, la reparación puede ser cara. Segundo, el olor. La humedad vieja en el relleno es difícil de sacar y a veces obliga a rehacer todo el interior.
El tapizado es lo más fácil de resolver y lo que más cambia el resultado. Un tapicero puede transformar por completo un sillón sólido, y suele costar bastante menos que un mueble nuevo de calidad similar. Conviene pedir dos presupuestos y elegir una tela lisa y resistente si va a recibir uso diario.
Lo que hace tan simpáticos a esos sillones no es su belleza. Es que ahí se vieron partidos enteros, se durmieron siestas de domingo y se lloró alguna película. La memoria familiar se apoya en objetos concretos, y ese mueble incómodo y estampado fue, para muchos, el escenario principal de la infancia.






