Alguien que hace mil metros sin problema en la piscina entra por primera vez a un lago y se queda desconcertado a los cincuenta metros. No es cuestión de estado físico ni de técnica. Es que casi todo lo que hace fácil nadar en una piscina desaparece cuando el agua es abierta, y nadie lo advierte antes.
Lo primero que falta es la referencia visual. En la piscina hay una línea negra en el fondo que indica el rumbo y una pared que aparece cada veinticinco metros. En agua abierta no hay ninguna de las dos cosas. Sin darse cuenta, la mayoría de las personas nada en curva, y descubrirlo a mitad de camino desordena todo.
Por eso quienes nadan en aguas abiertas levantan la cabeza cada cierto número de brazadas para orientarse con un punto fijo en la orilla: un árbol grande, un techo, una boya. Es un gesto que hay que practicar, porque interrumpe el ritmo y cansa más de lo que uno espera las primeras veces.
Lo segundo es la temperatura. Un lago está más frío que una piscina climatizada y, además, no es uniforme: hay capas y zonas notablemente más frías, sobre todo cerca del fondo o donde entra una corriente. Entrar de golpe no es buena idea; conviene mojarse la cara y el cuello y avanzar de a poco.
Lo tercero es que no hay borde. En la piscina, si algo sale mal, la pared está a pocos metros y siempre hay dónde apoyarse. En un lago la orilla puede estar a cientos de metros, y esa sola diferencia cambia por completo la sensación. Por eso la regla básica de estas actividades es no nadar solo, nunca.
Hay algunas precauciones que quienes lo practican repiten siempre. Usar un gorro de color visible. Llevar una boya de arrastre, que flota detrás sin estorbar y permite descansar y ser visto. Nadar paralelo a la orilla en lugar de alejarse en línea recta. Y respetar las zonas señalizadas y los horarios permitidos del lugar.
También conviene informarse antes sobre el sitio concreto. Preguntar por corrientes, por zonas de embarcaciones, por la profundidad y por si hay guardavidas. Cada cuerpo de agua tiene sus particularidades, y la gente que lo frecuenta suele saberlas y compartirlas de buena gana con quien pregunta.
Dicho todo eso, quienes hacen el cambio rara vez vuelven a la piscina de la misma manera. Nadar mirando el fondo de un lago, con el sonido apagado y la orilla lejos, es una experiencia distinta a hacer largos entre dos paredes. Vale la pena probarla, con compañía, con preparación y sin apuro.






