Dos hermanos que crecieron en la misma cocina, con las mismas recetas y las mismas ollas, terminan comiendo de maneras completamente distintas. Uno prueba de todo y cocina los domingos; el otro sostiene los mismos tres platos desde hace veinte años. Es una escena tan común que ya casi no llama la atención, y tiene explicaciones bastante terrenales.
La primera es el horario de la vida adulta. Quien trabaja de noche, quien tiene chicos chicos o quien viaja dos horas por día no come según sus gustos, sino según su reloj. Muchos hábitos que parecen preferencias son en realidad restricciones de tiempo disfrazadas, y cambian apenas cambia el horario.
La segunda es quién cocina. En muchas casas una sola persona decide el menú, y esa persona cocina lo que sabe hacer rápido y sin fallar. El repertorio se achica no por falta de interés, sino porque a las nueve de la noche nadie quiere estrenar una receta. Cuando cambia quien cocina, cambia la mesa entera.
El presupuesto pesa igual que el gusto, aunque se hable menos de eso. Comprar variado exige más ingredientes distintos y más riesgo de desperdicio. Comprar siempre lo mismo es más barato y más previsible. Por eso el repertorio se agranda cuando hay margen y se achica cuando la cosa aprieta, casi sin que nadie lo decida conscientemente.
También está el recuerdo. La comida de la infancia carga escenas y personas, y esas asociaciones no son iguales para dos personas de la misma familia. Un plato puede ser el domingo entero para uno y una obligación aburrida para el otro, según qué estaba pasando alrededor cuando lo comían.
Todo esto explica por qué las discusiones sobre comida en pareja o entre convivientes se ponen tensas tan rápido. Parecen sobre el menú y suelen ser sobre el tiempo, la plata o el trabajo invisible de decidir todos los días qué se come. Nombrar eso destraba mucho más que insistir con un plato nuevo.
Hay una solución práctica que funciona bien en casas mixtas: la base compartida. Se cocina una preparación neutra grande, arroz, papas, fideos, legumbres o pollo, y cada uno la termina a su manera con lo que le gusta. Una sola olla, dos platos distintos, y nadie cocinando dos veces.
Nadie come igual que hace diez años y probablemente tampoco vaya a comer así dentro de diez. Los gustos se mueven con la vida, no al revés.






