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Por qué flotamos mejor en el mar que en el río o la alberca

Curiosidades · 2026-09-08
Por qué flotamos mejor en el mar que en el río o la alberca

Muchos lo notan en las primeras vacaciones: el mismo cuerpo se hunde distinto según el agua en la que esté.

Pasas la primera semana de vacaciones flotando de espaldas en el mar sin ningún esfuerzo, casi dormido. De vuelta en la ciudad, entras a la alberca del club, intentas lo mismo y descubres que hay que mover los brazos todo el tiempo para no hundirte. El cuerpo es el mismo. El agua, no.

La diferencia está en la sal. El agua de mar tiene sales disueltas y por eso pesa un poco más por cada litro que el agua dulce. Un cuerpo sumergido flota según cuánto pese comparado con el agua que desplaza, así que en agua salada la balanza se inclina a favor de flotar. En un río o en una alberca, ese empujón extra desaparece.

El efecto es más notorio en lugares donde el agua tiene mucha sal, como ciertos lagos salados, donde la gente prácticamente se queda sentada en la superficie. En el otro extremo están los ríos de montaña, con agua dulce y fría, donde flotar cuesta más y además el frío hace que el cuerpo se tense y se canse antes.

Hay un segundo factor que casi nadie considera: el aire en los pulmones. Una persona con los pulmones llenos flota mucho mejor que la misma persona después de exhalar. Por eso quienes aprenden a flotar de espaldas practican primero la respiración: inhalar tranquilo, soltar poco a poco y no vaciar del todo el pecho.

La postura también decide. La cabeza es pesada, y cuando alguien la levanta para mirarse los pies, las caderas se hunden de inmediato. Flotar bien implica dejar la nuca apoyada en el agua, mirar al cielo, abrir un poco los brazos y aceptar que las orejas queden sumergidas. Es incómodo al principio y cambia todo.

Los ríos suman un elemento que el mar tranquilo no tiene: la corriente. Aunque el agua parezca calma en la superficie, abajo puede moverse con fuerza y arrastrar. Por eso quienes conocen la zona insisten en entrar solo donde hay gente bañándose habitualmente, nunca solo y nunca en tramos desconocidos.

Para practicar la flotación, lo mejor es una alberca con poca profundidad y alguien mirando. Se empieza sentado, se recuesta la espalda lentamente, se deja la nuca ir hacia atrás y se respira despacio. En pocos intentos el cuerpo entiende el equilibrio, y una vez que lo entiende ya no se olvida.

Es de esas cosas que parecen menores hasta que hacen falta. Saber flotar sin esfuerzo, en cualquier tipo de agua, es la habilidad más útil que puede aprender alguien que pasa los veranos cerca de un río, un lago o la costa.

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