Caminas por el centro, doblas una esquina y hay treinta personas paradas contra la pared. Nadie tiene cartel, nadie explica nada. Lo primero que hace casi cualquiera es estirar el cuello para ver el final de la fila. Lo segundo, en muchos casos, es ponerse atrás.
El fenómeno tiene una lógica bastante razonable. Cuando no sabemos si algo vale la pena, usamos como pista el comportamiento de los demás. Si treinta personas invirtieron su tiempo en esperar, probablemente ahí adelante haya algo bueno. Es un atajo mental, y la mayoría de las veces funciona.
El problema es que ese atajo se puede activar sin motivo real. Basta con que las primeras cuatro personas se hayan detenido por casualidad para que las siguientes cincuenta interpreten esa detención como información. La fila se sostiene sola, sin que nadie sepa exactamente por qué empezó.
Los negocios conocen bien el efecto. Una caja abierta en lugar de tres genera cola visible desde la vereda. Un local con puerta angosta hace que la gente se acumule afuera. No siempre es una estrategia deliberada, pero el resultado es el mismo: la espera se convierte en publicidad.
Después entra en juego otro factor, que es lo ya invertido. Cuando llevas veinte minutos parado, abandonar se siente como perder esos veinte minutos, aunque irse ahora y quedarse cuesten exactamente lo mismo hacia adelante. Ese razonamiento nos mantiene en filas, en trámites y en varias cosas más.
Hay una pregunta que corta el efecto en seco y sirve en cualquier situación: si llegara ahora y no hubiera nadie esperando, ¿me pondría en esta fila? Si la respuesta es no, lo que te tiene ahí no es lo que hay adelante, es la fila misma.
Vale aclarar que no siempre conviene irse. Hay filas que valen la pena: la panadería que saca el pan a las cinco, el trámite que solo se hace ese día, la entrada limitada. La idea no es despreciar la espera, sino saber si uno la eligió o si simplemente se dejó llevar.
Hay un dato práctico que sirve en cualquier trámite: una fila única que alimenta varios mostradores avanza mejor que varias filas separadas, aunque parezca más larga. Cuando existe la opción, conviene la fila larga y única, porque nadie queda atrapado detrás del caso complicado del día.
Lo simpático es que casi todo el mundo hizo esto alguna vez y lo cuenta riéndose. Media hora parado para descubrir que era la cola de un local que ni siquiera le interesaba. Nadie se enoja demasiado, quizás porque en el fondo esa fila también fue una manera de acompañar a un montón de desconocidos.






