Llegaste el sábado y hoy es apenas miércoles, pero sentís que pasó muchísimo. Ese primer tramo de las vacaciones se estira de una manera rara, mientras que los últimos días se van sin aviso. Y una vez de vuelta, el mes entero de trabajo anterior parece haber durado dos semanas.
La explicación más aceptada tiene que ver con la memoria, no con el reloj. Nuestra sensación de cuánto duró un período no depende de las horas sino de cuántos recuerdos distintos guardamos de él. Un día lleno de escenas nuevas deja muchas marcas; un día idéntico al anterior deja casi ninguna.
En un lugar desconocido todo es información nueva. La calle, el idioma de los carteles, dónde queda el mercado, el olor del desayuno, cómo se llega a la playa. El cerebro está registrando sin parar, y al mirar hacia atrás ese día se percibe enorme. La rutina hace lo contrario: se apoya en lo ya sabido y casi no registra.
Eso explica algo que mucha gente nota con los años. La infancia parece larguísima porque casi todo era la primera vez. Y ciertos años adultos, con la misma casa, el mismo trayecto y el mismo trabajo, se comprimen hasta caber en una frase. No es que hayan sido peores: es que dejaron menos marcas.
También explica por qué los últimos días de vacaciones se aceleran. Para entonces ya sabés dónde está todo, la novedad bajó y el ritmo se parece más a una rutina. Sumado a eso, la anticipación del regreso ocupa parte de la atención, y esa parte no genera recuerdos del lugar.
Lo interesante es que se puede aplicar sin viajar a ningún lado. Cambiar el recorrido de vuelta a casa, comer en un lugar donde nunca entraste, aprender algo con las manos, ir a un barrio que no conocés. No hace falta que sea espectacular; hace falta que sea distinto de lo de ayer.
Sirve también dejar rastro. Tres líneas escritas por día, una foto de algo común, un audio de treinta segundos. No para publicarlo sino para tener puntos de referencia. Los períodos documentados se recuerdan como más largos, y esa es exactamente la sensación que buscamos cuando decimos que un año se nos fue volando.
No hay manera de conseguir más horas. Pero sí de conseguir más días que se distingan entre sí, que al final es de lo que están hechos los años que uno recuerda.






