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Por qué nos cuesta tirar esa pijama vieja y ya bastante fea

Estilo de vida · 2026-09-08
Por qué nos cuesta tirar esa pijama vieja y ya bastante fea

Tiene un agujero en el hombro y el color se fue hace años, pero sigue en el cajón y todos sabemos muy bien por qué.

Todos tenemos una. La camiseta enorme de un evento al que fuimos hace doce años, el pantalón de franela con el elástico vencido, la remera que era negra y hoy es de un gris indeciso. Se lava, se dobla, vuelve al cajón. Y cada vez que alguien sugiere tirarla, algo adentro dice que no.

Lo curioso es que no la defendemos por bonita. Nadie discute que está fea. La defendemos por otra cosa: es la única prenda del cajón que no nos pide nada. No hay que combinarla, no hay que cuidarla, no importa si se mancha con café. Es ropa sin condiciones, y eso en un guardarropa es raro.

También está el tema del cuerpo. La pijama vieja ya se rindió ante nuestra forma: se estiró donde hacía falta, se aflojó en las rodillas, aprendió a caer. Una pijama nueva, por cómoda que sea, tarda meses en llegar a ese punto. Mientras tanto raspa un poco, aprieta un poco, se siente prestada.

Y hay una capa de memoria. Esa camiseta estuvo en la mudanza, en el invierno del apartamento sin calefacción, en las noches de estudiar hasta tarde. No la guardamos como recuerdo consciente, pero el cuerpo reconoce la tela y asocia. Ponérsela es una forma barata de volver a un lugar conocido.

El problema aparece cuando la pijama vieja se convierte en la única opción. Ahí el cajón deja de tener alternativas y uno termina recibiendo visitas con un agujero en el hombro, no por gusto sino por falta de repuesto. La solución no es tirarla: es dejar de pedirle que cubra todos los escenarios.

Una forma sencilla de resolverlo es dividir el cajón en dos zonas. Una para la ropa de dormir de puertas adentro, donde la vieja reina sin culpa. Otra para andar por la casa cuando hay gente, que puede ser igual de cómoda pero entera. Con dos juegos alcanza. No hace falta un plan de renovación completo.

Si de verdad quieres jubilarla, hay un método que funciona: córtala en cuadrados y úsala como trapo de cocina o para limpiar vidrios. Sigue en la casa, sigue sirviendo, y el desprendimiento duele bastante menos que verla dentro de una bolsa de basura.

Al final, guardar una prenda arruinada no es desorden ni sentimentalismo tonto. Es tener en casa un objeto que no exige nada a cambio. Hay pocos. Vale la pena reconocerlo, hacerle espacio y comprarle una compañera nueva antes de que el agujero del hombro llegue hasta el codo.

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