Entras a un restaurante a las ocho y se puede conversar tranquilo. A las nueve y media hay que inclinarse sobre la mesa para escuchar al de enfrente. Nadie tomó la decisión de gritar. El volumen subió solo, mesa por mesa, hasta que todos quedaron a la misma altura.
El mecanismo es sencillo y automático. Cuando el ruido ambiente sube, la voz sube con él sin que uno lo note, porque el cuerpo ajusta el volumen para seguir escuchándose. El problema es que todos hacen lo mismo al mismo tiempo, y cada mesa que sube el tono se convierte en ruido de fondo para la de al lado.
Ese efecto en cadena explica por qué ciertos lugares se vuelven insoportables aunque no haya música fuerte. La música puede estar apagada y el salón seguir siendo un rugido, simplemente porque cien personas están compensando el ruido de las otras noventa y nueve.
La arquitectura decide bastante. Superficies duras como vidrio, cemento, azulejo y mesas de madera desnuda rebotan el sonido; techos altos lo dispersan sin absorberlo. Un local con cortinas, alfombra, paneles de tela o plantas grandes suena completamente distinto con la misma cantidad de gente adentro.
En casa pasa lo mismo y se puede corregir. Un ambiente vacío con piso de cerámica y paredes lisas produce eco, y las conversaciones ahí cansan más. Una alfombra, cortinas de tela gruesa y una biblioteca llena de libros bajan la reverberación de manera muy perceptible.
Para las reuniones familiares hay trucos prácticos. Bajar la música apenas empieza a aumentar el murmullo, en vez de subirla. Distribuir a la gente en dos ambientes en lugar de amontonarla. Y apagar la televisión si nadie la está mirando, que es la fuente de ruido más innecesaria de todas.
También conviene tenerlo en cuenta al elegir dónde sentarse. Contra una pared se escucha mejor que en el centro del salón, y lejos de la cocina y de la barra la diferencia es enorme. Si tienes que negociar algo o hablar de algo importante, la mesa del rincón vale más que la de la ventana.
Los espacios de trabajo tienen el mismo problema y se resuelve parecido. Una oficina abierta con superficies duras obliga a todos a hablar por encima del resto, y las llamadas se vuelven agotadoras sin que nadie sepa bien por qué. Paneles de tela, alfombras, cortinas y hasta estanterías cargadas de carpetas bajan el nivel general, y con él baja el volumen de voz de todos.
Es una de esas cosas cotidianas que ocurren delante de todos y que casi nadie nombra. Una vez que la notas, elegir mesa deja de ser una cuestión de vista.






