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Tomó clases de guitarra a escondidas durante ocho meses

Buenas noticias · 2026-09-08
Tomó clases de guitarra a escondidas durante ocho meses

Inventó una excusa semanal para salir los jueves y nadie en su casa entendía adónde iba hasta la noche del cumpleaños.

Durante ocho meses, todos los jueves a las siete, salía de la casa con una excusa distinta. Un trámite, una amiga, una compra. En su casa empezaron a notar el patrón y a hacer bromas al respecto, y ella dejaba que hicieran bromas sin aclarar nada.

Lo que hacía era ir a clases de guitarra a diez cuadras, en el departamento de un profesor que enseñaba a cuatro personas por tarde. Había empezado sin decírselo a nadie por un motivo bastante común: no quería que le preguntaran cómo iba mientras todavía sonaba mal.

Ese es el motivo más frecuente para aprender algo en secreto. No es misterio ni sorpresa planificada: es evitar el público durante la parte fea. Aprender de adulto significa ser malo en algo durante meses, y hacerlo con espectadores es bastante más difícil de sostener.

El plan tenía una fecha en el fondo. El cumpleaños del padre era en octubre y ella quería tocar una canción que él ponía siempre en el auto cuando eran chicos. Se lo dijo al profesor en la segunda clase y trabajaron esa canción durante meses, entre escalas y acordes.

La noche del cumpleaños sacó la guitarra prestada del cuarto y la escena fue tal como se la imaginaba y también bastante peor: le temblaban las manos, se equivocó dos veces y volvió a empezar la segunda estrofa. Igual la terminó completa.

Lo que más la sorprendió después no fue la reacción del padre. Fue que dos personas de la familia le preguntaran, esa misma noche, cómo se hacía para empezar. Una tenía un teclado guardado desde hacía años y la otra siempre había querido aprender a dibujar.

Ahí está la parte interesante de estas historias. Cuando alguien empieza algo de adulto y lo muestra, se corre un poco el límite de lo que a los demás les parece posible. No por el resultado, que era modesto, sino por la prueba de que se podía empezar a los treinta y siete.

Si alguna vez pensaste en aprender algo y lo dejaste porque te daba vergüenza, quizás el secreto sea justamente ese: no contarlo al principio. Guardarlo unos meses, hasta que la parte difícil pase, y decidir después si quieres mostrarlo o simplemente seguir yendo los jueves.

Ella siguió yendo. El profesor le sumó una segunda canción y ahora hay una guitarra propia apoyada en un rincón de la sala, a la vista de todos. Las clases ya no son un secreto, aunque la excusa de los jueves se quedó como chiste familiar.

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