Levanta tu almohada y dóblala por la mitad. Si al soltarla vuelve sola a su forma, está bien. Si se queda doblada como una tortilla, ya cumplió su ciclo y lleva un buen tiempo trabajando sin sostener nada. Esa prueba de tres segundos es la más usada y no falla casi nunca.
Es raro lo poco que pensamos en ellas. La ropa de cama se lava cada semana, el colchón se voltea de vez en cuando y la almohada, que está en contacto directo con la cara todas las noches, puede llevar cinco o seis años en la misma casa sin que nadie la mire con atención.
Las señales de que se acabó son bastante evidentes cuando uno las busca. Bultos que se sienten con la mano. Zonas planas en el centro. Un peso extraño. Costuras abiertas. También cuenta la sensación al despertar: si necesitas doblarla en dos para que sostenga la cabeza, ya no está haciendo su trabajo.
Lavarlas es más fácil de lo que parece, pero depende del relleno. Las de fibra sintética suelen ir a la lavadora en ciclo suave, de a dos para equilibrar el tambor, con poco detergente. Las de plumas piden agua tibia y mucho enjuague. Las de espuma no se lavan: se ventila la funda y se limpia la mancha a mano.
El secado es la parte donde casi todos fallan. Una almohada que queda húmeda por dentro huele mal en dos días y no hay perfume que lo arregle. Conviene secarla por completo, sacudirla varias veces durante el proceso y, si es posible, terminar el trabajo al aire libre en un día de sol.
Una funda protectora debajo de la funda normal alarga bastante la vida útil. Cuesta poco, se lava con las sábanas y evita que el relleno reciba directamente el sudor y las cremas de la noche. Muchas personas descubren esto recién cuando tienen que tirar una almohada casi nueva.
Antes de comprar una nueva, vale la pena pensar en cómo duermes. Quien duerme de lado suele necesitar más altura para que el cuello quede alineado con la columna. Quien duerme boca arriba busca algo más bajo. Probarla en la tienda apoyando la cabeza de lado, aunque dé un poco de vergüenza, ayuda más que leer la etiqueta.
Las viejas no tienen que ir directo a la basura. Sirven de relleno para camas de mascotas, de cojín para el respaldo de una silla dura o de apoyo para las rodillas al pintar una pared. Y la nueva, con la prueba del doblez, ya sabes exactamente cuándo va a pedir el relevo.






