Frente al montón de sandías, todo el mundo hace lo mismo: golpea una con los nudillos, escucha con cara de experto y se la lleva. A veces sale dulce y a veces sale insípida, y nadie sabe muy bien por qué. Los productores usan varias señales al mismo tiempo, y ninguna de ellas es misteriosa.
La primera es la mancha del campo, esa zona más clara donde la sandía descansó sobre la tierra. Si es de un amarillo cremoso o anaranjado, la fruta pasó suficiente tiempo madurando en la planta. Si es blanca o casi verde, la cortaron temprano. Es probablemente la señal más confiable y la que menos gente mira.
La segunda es el peso. Toma dos sandías de tamaño parecido y compáralas en las manos. La más pesada suele tener más agua y estar más madura, porque el interior está lleno y jugoso. Una sandía que se siente liviana para su tamaño suele venir con la pulpa algo seca o esponjosa.
La tercera es el rabito. Un tallo verde y flexible indica que la cortaron hace poco y probablemente antes de tiempo. Un tallo seco, marrón y quebradizo es buena señal: la fruta se separó de la planta cuando estaba lista. Si directamente no tiene rabito, vuelve a las otras dos señales.
El golpecito sí sirve, aunque hay que saber qué se busca. Apoya la sandía sobre una mano y golpea con la otra: un sonido hueco y profundo, parecido al de un tambor, habla de pulpa jugosa. Un sonido apagado y sordo suele indicar una fruta pasada o con la pulpa demasiado blanda.
También conviene mirar la piel. Las marcas de tela de araña, esas líneas beige rugosas, son cicatrices de la planta y suelen acompañar frutas más dulces. Lo que sí conviene descartar son las sandías con partes blandas al presionar, grietas profundas, zonas hundidas o líquido saliendo, señales claras de que la fruta ya empezó a pasarse.
Una vez en casa, la sandía entera se conserva mejor a temperatura ambiente y en un lugar fresco. Una vez abierta va a la heladera, tapada con film o en un recipiente cerrado, porque absorbe olores con facilidad. Cortada en cubos dura pocos días, así que conviene cortar lo que se va a comer.
Y si te tocó una sin gracia, no está todo perdido. Sirve para licuados con hielo y limón, para agua fresca, o cortada en cubos con un poco de queso salado y menta. La sandía perdona más de lo que parece, sobre todo cuando hace calor y hay que llenar una jarra.






