El ciclo es conocido por todos. Compras cilantro para una receta, ocupas unas ramas y guardas el resto en la bolsa del mercado. El jueves abres el cajón y encuentras una masa oscura y húmeda que ya no sirve para nada. Se repite semana tras semana.
El problema casi nunca es la hierba: es la bolsa. El plástico cerrado atrapa la humedad que las hojas van soltando, y esa humedad acelera el deterioro. La hierba se pudre en su propia agua mucho antes de secarse.
El método que mejor funciona para las de tallo blando, como cilantro, perejil y albahaca, es tratarlas como flores. Corta un centímetro del tallo, ponlas en un frasco con dos dedos de agua y cúbrelas holgadamente con una bolsa. El agua se cambia cada dos o tres días.
Hay una excepción importante. La albahaca no soporta el frío: en el refrigerador se pone negra rápido. Su frasco va afuera, en la cocina, lejos del sol directo. Las demás aguantan bien la parte menos fría del refrigerador.
Las hierbas de tallo duro se manejan distinto. Romero, tomillo y orégano prefieren estar envueltas sin apretar en un paño ligeramente húmedo, dentro de un recipiente. Duran mucho más así que dentro de cualquier bolsa cerrada.
Otro error frecuente es lavarlas al llegar. La humedad extra en las hojas es justamente lo que acorta su vida. Conviene lavar solo lo que se va a usar, en el momento, y secar bien con un paño antes de picar.
Cuando ya sabes que no vas a alcanzar a usarlas, la salida más práctica es congelar. Pica fino, reparte en una charola de hielos, cubre con aceite de oliva o con un poco de agua y congela. Los cubos van directo a la sartén o a la olla sin descongelar.
Para las hierbas secas aplica otra lógica. Pierden aroma con la luz y el calor, así que el peor lugar de la cocina es justamente el más común: el estante arriba de la estufa. Guardadas en frascos oscuros y lejos del fuego conservan sabor mucho más tiempo, y conviene anotarles la fecha, porque a simple vista todas parecen iguales. Seis meses es un buen límite para la mayoría.
Con estos ajustes, un manojo pasa de durar tres días a durar dos semanas o más. No cambia la receta ni el sabor. Solo cambia cuántas veces al mes terminas tirando a la basura algo que compraste hace cuatro días.






