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La cafetera vieja que en casa nadie quiere cambiar nunca

Comida · 2026-09-08
La cafetera vieja que en casa nadie quiere cambiar nunca

Está manchada, hace un ruido raro y sigue en la hornalla todas las mañanas. Hay una razón por la que resistimos reemplazarla.

Tiene el mango un poco flojo y una mancha oscura que ya no sale con nada. Cada mañana alguien la llena, la pone al fuego y espera ese sonido específico que avisa que el café está listo. Han pasado cafeteras eléctricas, cápsulas y prensas francesas por esa cocina, y ninguna la desplazó del todo.

Parte del apego es práctico. Las cafeteras simples —la italiana de aluminio, la olla de colar con manga de tela, el colador de plástico con filtro de papel— no tienen electrónica que falle. No hay pantalla, no hay bomba, no hay pieza que se queme a los dos años. Lo único que puede romperse es la goma, y una goma cuesta lo que un café en la esquina.

Otra parte es el sabor, y ahí la costumbre pesa tanto como el método. El paladar se acostumbra a una intensidad, a un cuerpo, a una cantidad de posos. Cuando alguien cambia de aparato, lo primero que dice es que el café le sabe raro, aunque el grano sea el mismo. No es que esté mal: es que no es el suyo.

Si quieres que dure, hay dos cuidados básicos. Cambia la goma cuando se pone dura o quebradiza, porque de ahí vienen la mayoría de las fugas. Y no laves la cafetera italiana con detergente fuerte ni la dejes en remojo: agua caliente y un enjuague bastan, y así el aluminio conserva su capa interior.

Para la de manga de tela, el cuidado es otro. Se enjuaga con agua sin jabón después de cada uso y se guarda en un frasco con agua en la heladera o colgada bien seca. La tela retiene el aroma del café, y eso es justamente lo que hace que el café de la abuela sepa distinto al de cualquier otro lado.

Un detalle que mejora cualquier método sin gastar nada: moler el café lo más cerca posible del momento de prepararlo, y usar agua que no llegue a hervir del todo. El agua hirviendo quema el molido y le da un amargor áspero. Un minuto fuera del fuego antes de verter cambia bastante la taza.

Vale la pena mirar también el ritual. En muchas casas la cafetera marca el inicio del día para todos: el ruido, el olor que llega al pasillo, la primera conversación. Ese pequeño protocolo compartido es difícil de reemplazar con un aparato que hace todo en veinte segundos y en silencio.

Por eso la cafetera vieja sigue ahí, manchada y con el mango flojo. No es la mejor por sus especificaciones. Es la mejor porque es la de esa casa, y porque cada mañana hace exactamente lo que se espera de ella.

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