En el fondo del placard, o arriba del ropero, están las tres cajas de la mudanza. Tienen cinta de embalar amarillenta y algo escrito con marcador que ya nadie recuerda haber escrito. Pasaron dos años, quizá cuatro. La casa funcionó perfectamente todo ese tiempo sin nada de lo que hay adentro.
Ese dato es la información más honesta que existe sobre esas cajas. Cuatro años sin necesitar ni una sola de esas cosas es la prueba práctica de que casi nada de eso hace falta. Y sin embargo cuesta tirarlas, porque el contenido es incierto y la imaginación siempre supone que adentro hay algo importante.
Cuando finalmente se abren, el contenido suele repetirse en todas las casas. Cables de aparatos que ya no existen. Manuales de instrucciones. Adornos de una casa anterior que no combinan con esta. Papeles de trámites viejos. Y, en el medio, dos o tres cosas con valor real que estaban perdidas hace años.
Por eso conviene abrirlas antes de decidir. Sacar todo sobre el piso, hacer tres montones y no permitirse un cuarto. El montón de lo que se usa vuelve a la casa, en un lugar donde efectivamente se pueda usar. El de lo que sirve pero no a ti se dona esta misma semana. El resto se va.
La parte difícil son los objetos con carga emocional, y ahí conviene ser generoso con uno mismo. Nadie tiene que tirar las cartas ni las fotos. Lo que sí ayuda es darles un lugar digno: una sola caja bonita, elegida a propósito, con lo que de verdad importa. Una caja de recuerdos es memoria; cinco cajas cerradas son depósito.
Para lo que cuesta soltar hay un truco intermedio. Junta esas cosas en una caja, escribe la fecha de hoy bien grande y guárdala. Si en un año no la abriste ni una vez, se dona completa sin volver a mirar adentro. La mayoría de las veces, cuando llega la fecha, ya ni recuerdas qué había.
Los papeles merecen su propio momento. Buena parte de lo que guardamos en carpetas ya no tiene ninguna validez. Conviene separar lo que hay que conservar por obligación, escanear lo que quieras tener a mano y descartar el resto, rompiendo lo que tenga datos personales antes de tirarlo.
Vaciar esas tres cajas es una tarde de trabajo con un efecto desproporcionado. Se recupera espacio, aparecen cosas olvidadas y desaparece esa pequeña deuda pendiente que uno mira de reojo cada vez que abre el placard. Y la próxima mudanza, cuando llegue, va a ser bastante más liviana que la anterior.






