Girar la llave de una casa que estuvo cerrada medio año tiene algo de expedición. El aire adentro está quieto y tibio, huele distinto, y hay una capa fina de polvo sobre absolutamente todo, incluso sobre superficies verticales donde uno juraría que el polvo no se apoya.
Lo primero que aparece suelen ser los insectos. Sin gente que barra, sin luces que se enciendan y sin ruido, una vivienda vacía se convierte en un lugar tranquilo y estable, que es exactamente lo que buscan las arañas, las polillas y varias especies pequeñas para poner huevos.
Las telas son el imán principal. Colchones, cortinas, almohadas y ropa guardada en placares concentran fibras, calor y oscuridad. Por eso las sorpresas más impactantes aparecen sobre la cama o dentro del armario, y no en la mesada de la cocina, que es lisa y poco interesante.
El segundo protagonista es la humedad. Con las ventanas cerradas y sin ventilación, el vapor que sale de los desagües y de las paredes no tiene por dónde irse. Aparecen manchas oscuras en los ángulos del techo, olor encerrado y libros con las hojas onduladas.
El tercero es el sifón. Las trampas de agua de los desagües se evacúan por evaporación en pocas semanas, y cuando eso pasa el olor de la cañería entra directo a la casa. Es la causa número uno del olor raro que nadie logra ubicar al volver de un viaje largo.
Hay una preparación que evita casi todo esto y lleva una tarde. Vaciar la heladera y dejarla abierta, cerrar la llave general de agua, tirar un poco de aceite en los desagües para que la trampa no se evapore tan rápido, guardar la ropa en bolsas cerradas y correr los muebles de las paredes.
Al volver, conviene el orden inverso. Abrir todo antes de entrar del todo, encender el ventilador o dejar corriente cruzada durante una hora, hacer correr el agua en todas las canillas y descargar los inodoros varias veces. Recién después vale la pena empezar a limpiar.
Las plantas y los aparatos merecen una decisión propia. Las macetas conviene dejarlas juntas, en el piso y a media sombra, donde se secan mucho más despacio. Y desenchufar todo lo que no sea imprescindible evita que un electrodoméstico quede seis meses trabajando para nadie.
Lo que sorprende a la mayoría no es el desorden, sino la velocidad. En seis meses, una casa perfectamente ordenada se transforma en un ecosistema completo con inquilinos propios. Basta con dejar de abrir una puerta para comprobar cuánto trabajo hacía esa puerta abriéndose todos los días.






