Suena la sirena a las tres de la tarde y en el pueblo pasa algo curioso: un panadero deja la masa, un maestro sale del aula avisando a un colega, un mecánico baja el auto del elevador. Quince minutos después todos están arriba del mismo camión.
En buena parte de América Latina, el servicio de bomberos de las localidades chicas y medianas funciona con voluntarios. Son personas con otro trabajo, que se capacitan en sus horas libres y responden cuando hace falta, sin sueldo por esa tarea.
El entrenamiento es más exigente de lo que la gente supone. Hay cursos de rescate vehicular, manejo de mangueras y presiones, comportamiento del fuego, primeros auxilios y trabajo en altura. Muchos cuarteles exigen prácticas semanales, y la formación básica lleva meses antes de que alguien pueda salir a una emergencia.
El financiamiento es la parte más frágil. Los cuarteles se sostienen con aportes municipales que a veces llegan tarde, con socios que pagan una cuota mensual y, sobre todo, con actividades organizadas por ellos mismos. Rifas, ferias de comida, sorteos, la cena anual del cuartel. El equipamiento pesado suele tardar años en poder comprarse.
Lo que más se necesita rara vez coincide con lo que la gente imagina. No son cosas espectaculares: son guantes, cascos en buen estado, mangueras de repuesto, baterías, combustible. Los cuarteles suelen publicar listas concretas, y donar exactamente lo que piden ayuda mucho más que donar lo que a uno le parece útil.
También hay maneras de colaborar que no cuestan dinero. Hacerse socio con una cuota chica y sostenida es lo que más valoran, porque permite planificar. Ir a las actividades que organizan. Y algo muy simple: no estacionar frente al portón del cuartel ni sobre los hidrantes de la cuadra.
Hay un detalle que quienes están adentro mencionan siempre: la mayor parte de las salidas no son incendios. Son accidentes en la ruta, rescates de animales, inundaciones, escapes de gas, apoyo en tormentas. El trabajo cotidiano es mucho más variado que la imagen del fuego.
Hay algo que estos cuarteles hacen y que se nota mucho a largo plazo: trabajar con las escuelas. Visitas al cuartel, charlas sobre qué hacer ante un escape de gas, prácticas de evacuación con los chicos. Buena parte de los voluntarios actuales cuenta que su primer contacto fue exactamente así, en una visita de la escuela primaria a la que fueron sin mayor expectativa.
En pueblos donde el hospital más cercano queda a una hora, este grupo de voluntarios es la primera respuesta a casi todo. Trabajan de otra cosa toda la semana, y aun así están listos cuando suena la sirena.






