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Mi abuelo guardaba cada cupón y recién ahora entiendo por qué lo hacía

Estilo de vida · 2026-09-08
Mi abuelo guardaba cada cupón y recién ahora entiendo por qué lo hacía

En la familia le decíamos tacaño. Con los años quedó claro que su método tenía una lógica que nadie se molestó en escuchar.

En el bolsillo de su camisa siempre había papeles doblados. Cupones recortados del diario, tickets, la lista de precios de tres almacenes distintos anotada con lápiz. En la familia lo cargaban por eso. Le decían que perdía media hora para ahorrar unas monedas, y él contestaba que la media hora era suya.

Su método era más ordenado de lo que parecía. Sabía qué cosas bajaban de precio en qué semana, compraba lo no perecedero cuando estaba barato y guardaba en una alacena que parecía desproporcionada para dos personas. Cuando algo subía de golpe, en su casa no pasaba nada durante meses.

Reparaba antes de reemplazar. Un cable pelado se aislaba, una silla floja se encolaba, una media con agujero se zurcía. Tenía una caja de tornillos sueltos clasificados por tamaño en frascos de vidrio, y esa caja resolvió más problemas domésticos que cualquier compra de urgencia.

Lo que en su momento se leía como avaricia era, en realidad, una manera de sostener un margen. Había vivido épocas en las que el dinero se evaporaba de un mes al otro, y su respuesta fue no depender del precio del día. No acumulaba por miedo: acumulaba para no tener que apurarse.

También era generoso de formas que no se veían en la caja del súper. Prestaba herramientas, arreglaba cosas de los vecinos sin cobrar y llegaba a los cumpleaños con algo hecho por él. Gastaba poco en cosas y bastante en tiempo, que es una economía distinta y no siempre reconocida.

De todo eso quedaron algunas prácticas que siguen sirviendo. Anotar los precios de tres o cuatro productos que compras siempre y comparar entre negocios. Comprar de más solo lo que no se echa a perder. Tener una caja de repuestos básicos. Y esperar cuarenta y ocho horas antes de una compra que no es urgente.

La parte que más cuesta imitar no es el ahorro, es la paciencia. Su sistema funcionaba porque estaba dispuesto a esperar la semana correcta, a caminar dos cuadras más y a arreglar algo un sábado a la mañana en vez de reemplazarlo un martes.

Una costumbre suya que en su momento parecía extravagante hoy se entiende bien: llevaba la cuenta escrita de los gastos fijos del mes en una libreta chica. No un presupuesto complicado, solo una lista de lo que se repetía siempre y cuánto costaba. Con eso sabía en dos minutos si un mes venía raro, y sabía exactamente dónde mirar antes de empezar a recortar cosas al azar.

Nadie en la familia lo llama tacaño ahora. Le decimos, con más justicia, que era el único que llevaba las cuentas de verdad.

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