Llueve toda la tarde, refresca al anochecer y de pronto el patio está lleno. Uno junto a la maceta, otro en el escalón de la entrada, un tercero justo debajo del foco. Al día siguiente no queda ninguno a la vista y la casa parece la de siempre. La escena se repite cada temporada de lluvias.
La primera parte de la explicación tiene que ver con la piel. Los sapos necesitan humedad para estar cómodos y pierden agua con facilidad, así que durante los días secos se quedan enterrados o metidos debajo de piedras, macetas y montones de hojas. Cuando el aire se satura de humedad, salen.
La segunda parte es el foco de la entrada. La luz atrae insectos toda la noche, y donde hay insectos hay comida fácil. Los sapos aprenden rápido cuáles son los buenos lugares y vuelven al mismo punto noche tras noche, lo que explica por qué siempre parece ser el mismo el que se sienta ahí.
También hay un componente de temporada. Después de las lluvias fuertes aparecen charcos temporales, y esos charcos son donde muchas especies dejan sus huevos. Por eso a veces el patio se llena de sapos pequeños durante unos días y luego, cuando el charco se seca, el número baja solo.
La buena noticia es que un patio con sapos suele ser un patio con menos insectos. Comen cantidades notables de mosquitos, escarabajos, cucarachas de jardín y babosas, y no dañan las plantas ni la estructura de la casa. Como vecinos son bastante convenientes.
Si quieres que se queden lejos de la puerta, la solución no es perseguirlos sino cambiar el lugar. Apagar el foco de la entrada o cambiarlo por una luz cálida reduce muchísimo la cantidad de insectos, y sin insectos el escalón deja de ser interesante para ellos.
Con las mascotas conviene tener un cuidado razonable. Muchos sapos segregan sustancias irritantes por la piel como defensa, así que lo sensato es no dejar que un perro los muerda ni los lleve en la boca, y no tocarlos con las manos si después vas a frotarte los ojos. Lavarse las manos alcanza.
Distinguir un sapo de una rana es más fácil de lo que parece y sirve para saber quién anda en el patio. Los sapos suelen tener la piel más seca y rugosa, patas cortas y caminan más de lo que saltan. Las ranas tienen la piel húmeda y lisa, patas traseras largas y dan saltos notables. Además, las ranas suelen quedarse mucho más cerca del agua, mientras que los sapos se alejan bastante en busca de comida.
Para moverlos de sitio, un balde y una escoba suave bastan. Se los deja en una esquina húmeda del jardín, lejos de la puerta, y en general se acomodan sin drama. Al final de la temporada de lluvias desaparecen solos y el patio vuelve a su rutina.






