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El entrenador que aprendió a hacer trenzas antes del partido

Buenas noticias · 2026-09-08
El entrenador que aprendió a hacer trenzas antes del partido

Nadie le pidió que lo hiciera y tampoco lo anunció. Solo notó que el pelo suelto le costaba jugadas a su equipo cada sábado.

Antes de cada partido pasaba lo mismo. Dos o tres niñas del equipo llegaban con el pelo suelto, se lo amarraban como podían con una liga prestada y a los diez minutos ya estaban apartándose mechones de la cara en lugar de mirar el balón. Nadie lo veía como un problema serio. Era simplemente parte del sábado.

El entrenador sí lo vio. No dijo nada durante semanas, pero empezó a notar que la misma jugadora se detenía justo cuando venía el pase. Una tarde llegó con una bolsita de ligas y ganchos comprada en la papelería de la esquina y la dejó en la banca, al lado de los conos.

Aprender a hacer una trenza cuando nunca lo has hecho es más torpe de lo que parece. Los primeros intentos quedan flojos, se sueltan al primer trote y hay que rehacerlos en el entretiempo. Lo aprendió viendo videos por la noche y practicando con los flecos de un trapeador, según contó después entre risas.

Para el mes siguiente ya era rutina. Las niñas llegaban, dejaban las mochilas, se sentaban en fila en la banca y esperaban su turno. Él hacía una trenza sencilla, apretada, sin pretensiones, y devolvía a cada una al campo con una palmada en el hombro. Tomaba menos de diez minutos en total.

Una madre lo grabó sin querer desde la tribuna, mientras intentaba filmar el calentamiento. En el video no pasa nada extraordinario: un hombre concentrado, una niña quieta, otras tres esperando su turno con el uniforme puesto. Eso fue justamente lo que le llamó la atención cuando lo vio de nuevo en casa.

Lo publicó con una frase corta y sin nombres. Le respondieron cientos de personas contando cosas parecidas: el profesor que se aprendió los nombres de todos el primer día, el conserje que guardaba paraguas para quien saliera sin uno, la señora de la cafetería que separaba la última empanada para el niño que llegaba tarde.

Ese tipo de gesto no aparece en ningún informe ni en ninguna evaluación. No cuesta dinero, no requiere permiso y casi nunca se anuncia. Solo se nota cuando alguien lo graba por accidente y lo mira dos veces.

Lo interesante es que el detalle se contagia. En varias escuelas deportivas los entrenadores empezaron a sumar una bolsita de ligas al botiquín, junto a las vendas y el hielo, porque descubrieron lo mismo: media docena de ligas cuestan casi nada y evitan interrupciones durante todo el partido. Algunos clubes ahora las piden en la lista de materiales al inicio de la temporada, al lado de las medias y las canilleras, y a nadie le parece raro.

El equipo siguió perdiendo casi tantos partidos como antes. Pero ninguna jugadora volvió a detenerse a mitad de una jugada para acomodarse el pelo, y eso, en la práctica, también es entrenar.

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