Se miró al espejo y ahí estaban otra vez: tres líneas marcadas en la mejilla, del pómulo a la mandíbula, como un mapa de la noche anterior. Se le borraban al rato, pero durante un tiempo las tenía casi todas las mañanas y no entendía por qué.
La explicación resultó bastante prosaica. Dormía siempre del mismo lado, con la cara apretada contra la funda de algodón, y las arrugas de la tela quedaban impresas por presión durante seis o siete horas seguidas. Nada más misterioso que eso.
Lo primero que revisó fue la funda. Las telas más rígidas y los tejidos gruesos hacen pliegues marcados que se sostienen toda la noche. Las fundas de tejido más liso y con menos textura dejan menos marca, simplemente porque la superficie se pliega distinto.
Lo segundo fue la almohada en sí. Estaba vencida. Una almohada que perdió firmeza obliga a la cabeza a hundirse y hace que la cara quede más presionada contra la tela. La prueba clásica es doblarla al medio: si no vuelve sola a su forma, ya cumplió su ciclo.
El tercer punto fue la posición. Dormir boca abajo o muy de lado apoya el peso de la cabeza sobre la cara. Cambiar de posición es difícil, pero hay quien lo mejora poniendo una almohada al costado del cuerpo, que desalienta girar hacia ese lado durante la noche.
Hay un factor extra que suele pasarse por alto: la altura. Una almohada demasiado alta empuja la cabeza hacia adelante y aumenta el contacto de la mejilla con la tela. Como referencia práctica, boca arriba la cabeza debería quedar más o menos alineada con el cuerpo.
También ayuda algo tan simple como lavar y planchar la funda. Una funda muy arrugada al ponerla ya empieza la noche con pliegues profundos. Estirarla bien al hacer la cama, sin arrugas alrededor de la zona donde va la cabeza, cambia bastante el resultado.
Hay un detalle del cuarto que también entra en la ecuación y que suele mirarse último: el colchón. Una superficie demasiado blanda hunde el cuerpo y obliga a girar hacia un lado toda la noche, con lo cual el problema vuelve por más que cambies la almohada. No hace falta salir a comprar nada de inmediato: alcanza con notar en qué posición te despiertas y si te duele algo al levantarte, para saber si el asunto empieza en la funda o bastante más abajo.
Ella terminó cambiando la almohada, que tenía siete años, y usando fundas más lisas. Las líneas de la mañana casi desaparecieron. Lo que más le llamó la atención fue otra cosa: empezó a dormir mejor, y eso no lo había relacionado nunca con el objeto que tenía debajo de la cabeza.






